lunes, 4 de julio de 2011

Tercera Entrega

Apreciado lector. Hemos hablado en las cartas anteriores de las entidades financieras y de los políticos. En su momento volveremos sobre ello.  Ahora debemos proseguir en la búsqueda y el análisis del mal que aqueja al país. De entrada el paciente presenta un cuadro preocupante. Entre otras afecciones da la impresión de que apenas puede moverse. ¿Que estaremos haciendo mal? ¿Estaremos excesivamente regulados? Es cierto que el Estado somos todos, y para regularlo, perfeccionarlo y administrarlo es precisa la burocracia. ¿Pero tanta? ¿Tan repetitiva? ¿Tan profusa, confusa y difusa?  ¿Tan contradictoria? Incluso me atrevería a calificarla en ocasiones de absurda. Te invito a reflexionar sobre ello.


Es cierto que el propio Max Weber, que estudió en profundidad todo ello, asumió que no puede existir un tipo de organización ideal. Que la burocracia real será siempre peor, y menos efectiva que su modelo ideal. Que la autoridad puede no ser lo suficientemente explícita, generando confusión y conflictos de competencia. Que en ocasiones el procedimiento en sí mismo puede llegar a considerarse más importante que la propia decisión. Que la corrupción, los enfrentamientos políticos, el nepotismo, pueden transformar la burocracia en el verdadero enemigo del progreso. Que los funcionarios pueden creer que su criterio personal  predomina sobre el fin, lo que en muchas ocasiones les hace eludir responsabilidades. Que la duplicación de funciones, la rigidez de los procesos, o la toma de decisiones de difícil o imposible aplicación, conducen casi siempre al colapso del sistema. Que las competencias pueden ser poco claras y suelen usarse contrariamente al espíritu de las reglas. Que el afán de controlarlo todo genera más y más reglas y procesos, aumentando exponencialmente la complejidad y disminuyendo su coordinación. Que la excesiva regulación suele implicar la  creación de reglas contradictorias.
 

En ocasiones entre los burócratas existe la certeza de que el sistema en el que actúan es perfecto por definición, lo que suele impedir la autocrítica, el cambio, y la optimización. Casi nunca – lógicamente existen honrosas excepciones - aceptan la crítica  y no suelen admitir las opiniones disidentes.  El resultado, de acuerdo a Weber, es que la racionalización creciente de la vida humana atrapa a los individuos – a todos los ciudadanos - en una jaula de hierro de control racional, que les impide ejercer su mayor bien. La libertad.
Tendremos que añadir que la excesiva burocratización de un país termina irremediablemente por detenerlo. Los emprendedores no se atreven a moverse. Los empresarios se conforman antes que caer en las inflexibles garras de una administración incompetente. Los mejores huyen a lugares más civilizados, donde son bien acogidos  y apreciados. Se genera un clima depresivo y destructor de las nuevas posibilidades, porque la excesiva burocracia no significa progreso sino atraso.


En ello la filosofía de la Reforma, más pragmática y lógica que la nuestra, condujo a sistemas más eficientes y menos corruptos. Por eso en Inglaterra, en Alemania, en Escandinavia, en los Estados Unidos, resulta mucho más sencillo emprender. ¿Será por eso que existe menos paro? ¿Será por eso que progresan más eficientemente? ¿Será por eso que su renta es muy superior a la nuestra?  La situación en la que este  país está viviendo los últimos años hace a la mayoría de sus ciudadanos desgraciados. Eso no puede seguir así. Algo tendrá que cambiar y pronto. Verás. Se deberían cambiar muchas cosas. Te propongo que en la futura Constitución, - tendrá que ser modificada pronto - uno de los principales artículos sea el siguiente: “Todos los ciudadanos tienen derecho a la felicidad” .


   E pluribus unum

No hay comentarios:

Publicar un comentario